Retrato de ella.

Ella creía en el karma, pero no creía en Dios. Creía en los extraterrestres, pero no creía en las personas. Apoyaba la pena de muerte, pero aborrecía el aborto. Creía en los políticos, y no creía en los sacerdotes. Le gustaba emborracharse, pero detestaba las drogas. También creía en mí, pero nunca lo admitió en público. Sin embargo,ella en el amor era absoluta. Para ella el amor era una bola de cristal entretejida de deseo, no de decisión. El deseo de poseerme y de exprimirme era más que la pasión. Su impulso, su frialdad, y el instinto, la llevaban a considerar el miedo a perderme, porque más de una vez sentía la necesidad de estropear el amor que habíamos construido ciegamente. Lo mío por inocencia. Lo suyo por no saber estar sola. Que me quisiera y no me amara, o me amara y no me quisiera, sólo dependía del día. Yo le decía “Siempre te querré” y ella lloraba asustada por miedo la responsabilidad de lo que eso significaba. La abrazaba tan fuerte que tenía que protegerse de mi. Las noches que salíamos de fiesta y volvía con ella semiborracha a casa, terminábamos por hacer el amor unificando lo bueno y malo de nosotras, una culpa que ya empezaba a vestirnos, para estar preparadas a la fatalidad.