“… Detestaba aquel compás… una gota, otra y otra… luego cincos 
segundos de pausa y vuelta a empezar, empezaba a dormirme. Sentada en 
aquel portal, aún me pitaban en los oídos los acordes de alguna canción
 de aquella noche; con los dientes apretados,
 miraba los charcos de la calle. Al pasar, los coches levantaban una 
suave brisa que me refrescaba, lástima que pasasen tan de vez en
 cuando… -¿qué hago aquí?- esperando a que él venga… me siento 
mezquina por hacerlo de este modo… vendrá y no tendrá más remedio… y
 sin embargo, sé que él no quiere… sé que tiene miedo y que intentara 
huir de mí… Lloré entonces por mí misma, porque 
estaba sola, aquella noche, esperando que un milagro lo hiciese aparecer 
puntual, para acabar de una vez con aquello, no me importaba el 
resultado, sólo quería que acabase… era un desasosiego en mi corazón,
 sudaba frío y me dolía la cabeza… de pronto me ví tiritando, la noche 
empezó a enfriarse, el viento comenzó a soplar y un camión pasó a toda
 velocidad delante de mí, salpicando toda la calle… luego, más
 silencio, y más frío, tenía las piernas mojadas y el pelo chorreando, 
probablemente ya no quedaba rastro de rímel.
 Empezaba a rascarme la garganta, iba muy calurosa para una noche tan 
fría. El eco de los coches se mezclaba con las gotas de agua que
 empezaban a caer de nuevo, y de nuevo, olor a lejía… -¡Cristo!, ¿quién
 se pone a limpiar el portal a las cuatro de la mañana?-, grité hacia la 
vieja que estaba vaciando un cubo de fregona en la acera de en frente;
gritar me vino bien, sentía el aliento ardiente en mi paladar. Volví a 
mirar a la acera de enfrente, la vieja estaba allí, mirándome y negando
 con la cabeza… le alargué el dedo corazón y me puse a asentir… luego me
 recosté y cerré los ojos… no podía dormirme, pero no tenía ganas de 
ver la siguiente mueca de la puta majara aquella… demasiada espera y
 muy pocas esperanzas de que el venga… empecé a pensar que si aquella noche no venía, podría esperarle mañana a la salida de su casa, de hecho
 empezaba a gustarme más esa idea, aunque después de esperar tanto, me
 daba pena largarme… me levanté, tenía el culo dormido  y encendí un pitillo. La sangre fluía rápida por mis venas, y el humo por mis pulmones; después 
de un pequeño mareo, empecé a andar… me dolía el pecho del frío, y no
 sentía bien los pies… dos calles, una esquina… tuerzo a la 
derecha… alli está la moto… en quince minutos estoy en la cama y
 mañana acabo por fin con todo este asunto… allí estaba… el muy
 hijoputa, al lado de la moto…
 esperándome… mirando un escaparate a través de la verja de
 seguridad… ahora que había decidido hacerlo mañana… no me sentía 
preparada… me acerqué a él. Al verme se incorporó, me preguntaba si a 
él también le habría calado el frío. Sus ojos me escrutaron de arriba a
 abajo y acabaron parándose en los míos… lo ví claramente, él sabía lo 
que yo quería… y la respuesta… era… no… me acerqué más a él y le 
toqué la cara… se puso pálido y tembloroso… sus ojos, ahora más que 
abiertos me acusaban… -Lo siento chico, nadie puede decir que no a la 
Muerte… y se quedó allí tirado, bajo la lluvia que volvía a caer…”

- Agosto 2000